«El Confidencial» retrata el modelo de «Vecinos por Majadahonda» que funcionó en Torrelodones

«El Confidencial» retrata el modelo de «Vecinos por Majadahonda» que funcionó en Torrelodones

MARÍA ZUIL (El Confidencial). Una década después, existen cerca de 150 partidos por toda España surgidos de la sociedad civil con la marca ‘Vecinos’. Este mismo año, solo en Madrid, se ha constituido Vecinos por Majadahonda, Pozuelo, Villalba y Rivas Vaciamadrid para concurrir en las elecciones del próximo domingo. Otros, como Vecinos por Algete, consiguieron entrar en el Gobierno municipal en 2015 con cuatro concejales, siguiendo la misma filosofía (Torrelodones también logró 4 actas en su estreno). Cuando Elena Biurrun entró por primera vez a su despacho de alcaldesa, se encontró todo vacío. No quedaba ni un papel en los cajones ni un archivo en el ordenador con el que poder empezar su gestión. Solo una carta reposaba sobre la mesa, firmada por un empresario al que habían conseguido paralizar la concesión del concurso de pádel cuando estaban en la oposición. “El anterior alcalde lo debió dejar como aviso de lo que me esperaba”, ironiza.

«Aunque su objetivo natural era parar ese proyecto concreto, pronto vieron cómo ante el hermetismo del consistorio muchos convecinos acudían a la asociación a intentar solucionar sus problemas cotidianos. “Había un caldo de cultivo y se votó formar un partido político. Era 2007, antes de que hubiese crisis o los indignados del 15-M”, recuerda Raquel Fernández, concejala de Servicios Sociales. Las anécdotas acumuladas aún tienen el tono de sorpresa de una persona de a pie que se acerca por primera vez a la política. “Recuerdo que al poco de llegar me llamó un proveedor de jabones y me dijo que si le elegía para el polideportivo me daba cheques para gastar en MediaMarkt”, cuenta Carlos Beltrán, concejal de Actividad Física y Deportes. “Le dije que iba a hacer como que no había oído nada, pero pensé que si eso era con jabones, qué sería con algo más grande”.

Al unísono, todos coinciden en lo que más les llamó la atención al tomar posesión de sus carteras: el complejo entramado de la burocracia. “Yo sigo escandalizado con la capacidad que tiene la Administración de bloquearse a sí misma. Incluso en las cosas de más sentido común que te puedas imaginar, lo más sencillo, lo más consensuado, cuesta muchísimo sacarlo adelante”, cuenta Santiago. “El objetivo número uno de la Administración es mantenerse a sí misma, y no modernizarse nunca. Crea sus propios hijos para mantenerse”, comparte Raquel. Ese fue el recibimiento cuando Vecinos por Torrelodones (Madrid) se convirtió en 2011 en el segundo partido surgido por una iniciativa vecinal en ocupar un consistorio —el primero fue La Voz del Pueblo en Etxebarri, Vizcaya, en 1991—. Su historia, sin embargo, había empezado cuatro años antes, a raíz de una asociación vecinal que se movilizó en 2005 contra el plan del ayuntamiento de crear un campo de golf en un monte protegido. “Un pelotazo urbanístico de libro, sin disimular. Los promotores eran los mismos que financiaban al Partido Popular”, cuenta Santiago Fernández, entonces miembro de la asociación y ahora concejal de Urbanismo.

Toni Cantó (UPyD y Cs) y Juan Luis Cano (Gomaespuma) fueron candidatos de Vecinos por Torrelodones

Hicieron tanto ruido que llegaron hasta Bruselas y consiguieron que la Unión Europea les diese la razón. “Y eso que nos advirtieron de que no lo paraba ni Dios”, recuerdan. “Era un tiempo de políticos sin complejos: te decían que iban a hacer el campo de golf porque sí y ya está”. Aunque su objetivo natural era parar ese proyecto concreto, pronto vieron cómo ante el hermetismo del consistorio muchos convecinos acudían a la asociación a intentar solucionar sus problemas cotidianos. Se presentaron con la esperanza de conseguir un concejal y llevar su lucha contra la corrupción al órgano donde se tomaban las decisiones. Para su propia sorpresa, consiguieron cuatro (el quinto era Toni Cantó, que hizo allí sus primeros pinitos como candidato). Se convirtieron, primero, en el principal partido de la oposición, y cuatro años después, en la aldea gala que desentonaba en la mar popular del norte de Madrid. “Tuvimos que construirnos de otra manera, no teníamos nadie que supiese de deporte, por ejemplo”, explica el pleno, formado por profesores, sociólogos, psicólogos o comunicadores. “Ninguno nos veíamos entonces como concejales”.

También rememoran aquella vez que acudieron a comer al Casino de Torrelodones y les fue materialmente imposible pagar. “Según sus estatutos, los concejales nunca pagan nada de comida ni bebida cuando van con el alcalde. Nosotros no teníamos ni idea, y cuando fuimos a pagar dijeron que no. Fueron viniendo superior tras superior y nada, ¡que no nos dejaban pagar! Nos tuvimos que ir, pero dijimos que a partir de entonces solo iríamos dos veces al año y con el presidente, de forma oficial”, cuentan. Según supieron después, las visitas del anterior equipo al centro de ocio eran constantes. No fue a lo único a lo que renunciaron. Los puestos de jefe de protocolo, de gabinete y de prensa desaparecieron. También los gastos de representación (unos 40.000 euros hasta entonces) y las dietas. Solo han pagado dos comidas de trabajo en el tiempo que llevan gobernando. “Hasta el café nos lo pagamos cada uno”, reconocen.

Cuando llegaron, el ayuntamiento acumulaba 21 millones de euros de deuda, de los cuales solo 13 estaban contabilizados. Se van dejándola a cero. Las licitaciones “sospechosas” y los “chiringuitos” fueron lo primero que empezaron a recortar, y en los seis primeros meses redujeron tres millones el gasto. “Un ejemplo muy significativo de lo que heredamos: la TDT. Al mes de entrar, se produjo el apagón digital y ese día todo Torrelodones se quedó sin televisión. Tú en este país puedes quitar de todo menos la tele. Nos querían linchar, literalmente. Nosotros no sabíamos qué pasaba hasta que nos dimos cuenta de que el repetidor que se había instalado para todo el municipio era uno con capacidad para una comunidad de vecinos. Y curiosamente, se lo habían encargado a un instalador de Zaragoza. Debe ser que no había otro cerca…”, recuerda Raquel.

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